Visitar el Vaticano siempre es una experiencia especial. Sin embargo, hacerlo durante el Año del Jubileo, también conocido como Año Santo, transforma por completo la vivencia.
Entre templos, plazas y basílicas, hay conceptos que atraviesan los siglos y siguen vivos hasta hoy. Uno de ellos es el Jubileo, una tradición que muchos asocian directamente con el Vaticano y la Iglesia Católica, pero cuyo origen se remonta mucho más atrás en el tiempo.

El concepto de Jubileo nace en el Antiguo Testamento, dentro de la tradición hebrea. Según el Libro del Levítico, cada cincuenta años se celebraba el Año del Jubileo, un tiempo extraordinario dedicado a la reconciliación y al restablecimiento del equilibrio social.
Con el paso de los siglos, el cristianismo retoma la idea del Jubileo y le otorga un nuevo significado. La Iglesia Católica adopta este concepto poniendo el foco en la misericordia, el perdón y la conversión espiritual, más que en los aspectos económicos y sociales del mundo antiguo.
Tuve la oportunidad de estar en Roma en un momento verdaderamente histórico: el Jubileo 2025, que finalizó oficialmente el 6 de enero de 2026. Ser testigo de este acontecimiento no solo me permitió comprender la dimensión religiosa del evento, sino también su enorme impacto cultural, humano y simbólico a escala mundial.

A lo largo del año, más de 33 millones de peregrinos llegaron a Roma desde todos los rincones del planeta para participar del evento más importante de la Iglesia Católica, una celebración que tiene lugar cada 25 años. Caminar por la Ciudad del Vaticano en ese contexto fue sentir, a cada paso, que se estaba formando parte de algo mucho más grande que una simple visita turística.
¿Por qué es importante el Jubileo?
El Jubileo es una tradición profundamente arraigada en la historia de la Iglesia Católica. Se trata de un tiempo especial de gracia, perdón y renovación espiritual, que invita a los fieles a reflexionar sobre su fe y su vínculo con Dios. Aunque existen jubileos extraordinarios, el Jubileo ordinario se celebra cada 25 años y convoca a millones de personas que viajan especialmente a Roma para vivir esta experiencia única.
El Jubileo 2025 había sido anunciado por el papa Juan Pablo II al concluir el Jubileo del año 2000. En ese entonces, el mundo era muy distinto. Desde aquel anuncio hasta hoy, la humanidad atravesó profundas transformaciones sociales, políticas y culturales.
Sin embargo, hay algo que permanece intacto a lo largo del tiempo: la fe de millones de personas que siguen encontrando en el Jubileo un momento de esperanza, encuentro y renovación interior.

El Vaticano durante el Año Santo
Desde el primer momento, la atmósfera en el Vaticano durante el Jubileo se siente diferente. Las filas para ingresar a la Plaza de San Pedro y a la Basílica de San Pedro son más extensas, pero también más diversas. Se escuchan idiomas de todas partes del mundo, se ven banderas, grupos organizados, familias, jóvenes y personas mayores, todos unidos por un mismo motivo.
Más allá de la religión que cada uno profese, estar allí permite comprender la magnitud del evento. El Jubileo no es solo una celebración litúrgica: es un fenómeno global que moviliza personas, emociones e historias personales. Cada peregrino llega con sus propias intenciones, agradecimientos o pedidos, y esa carga simbólica se percibe en el ambiente.
La Basílica de San Pedro: el corazón del Jubileo
Uno de los momentos más significativos de mi visita fue poder conocer por dentro la Basílica de San Pedro durante el Año Santo. Este templo, el más importante del catolicismo, adquiere una dimensión aún más profunda en el contexto del Jubileo.

Compartir ese espacio con peregrinos de todo el mundo fue una experiencia única. Más allá de las diferencias culturales o lingüísticas, todos los peregrinos estaban allí unidos por la fe. El silencio respetuoso, las miradas emocionadas y los gestos de recogimiento crean una atmósfera difícil de describir con palabras.

La Basílica no es solo una obra maestra de la arquitectura y el arte, sino también un lugar cargado de simbolismo espiritual. Durante el Jubileo, cada rincón parece cobrar un significado especial, invitando a la introspección y a la reflexión personal.
La Puerta Santa
Uno de los elementos más emblemáticos del Jubileo es la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro. Esta puerta permanece sellada durante la mayor parte del tiempo y solo se abre durante los Años Santos, lo que convierte su apertura en un acontecimiento profundamente simbólico.

Según la creencia católica, cruzar la Puerta Santa representa el perdón de los pecados y la renovación espiritual. Para los peregrinos, atravesarla es un acto cargado de emoción y significado. Incluso para quienes observan desde una perspectiva más cultural o histórica, el ritual transmite una sensación de trascendencia difícil de ignorar.
Presenciar a miles de personas cruzando la Puerta Santa, muchas de ellas visiblemente conmovidas, es comprender que el Jubileo no es solo un evento religioso, sino una experiencia profundamente humana. Cada paso simboliza un deseo de cambio, de reconciliación y de esperanza.

El Jubileo 2025 fue, sin dudas, un evento mundial. Roma y el Vaticano se transformaron en el epicentro de una celebración que convocó a millones de personas a lo largo de todo un año. Pero su impacto va más allá de lo religioso.
El Jubileo invita a reflexionar, sentir y ser parte de la historia. Incluso para quienes no practican la fe católica, participar de este acontecimiento permite comprender la importancia de las tradiciones, el valor de la espiritualidad y la fuerza de la fe como motor que moviliza a las personas.
En un mundo marcado por cambios constantes, crisis y desafíos, el Jubileo se presenta como un tiempo de pausa, de mirada interior y de búsqueda de sentido. Y eso, más allá de las creencias personales, es algo universal.

Ser testigo de la fe de millones de personas, ver cómo tradiciones centenarias siguen vivas y sentir que se está participando de un momento histórico es algo que difícilmente se olvida. El Jubileo 2025 no fue solo una fecha en el calendario: fue un encuentro entre historia, espiritualidad y humanidad.
Sin dudas, haber estado allí durante el Año Santo es una de esas experiencias que permanecen en la memoria y que invitan, una y otra vez, a reflexionar sobre el camino recorrido y el que aún queda por delante.