Dique Los Sauces, La Rioja

Llegamos al Dique Los Sauces a media tarde, con la luz rasante pintando de ocre y oro los cerros que lo abrazan. Apenas 15 kilómetros separan este espejo de agua de la ciudad de La Rioja: un recorrido corto que, sin embargo, parece desconectarte del bullicio urbano y dejarte en un remanso de armonía y naturaleza.  

Apenas se llega, lo primero que atrapa la mirada son los dos guardianes de piedra que enmarcan el paisaje: el Cerro El Peñón, con sus imponentes 1.800 metros de altura, y el Cerro De La Cruz, que se eleva a 1.600 metros.  

Juntos, como si fueran murallas naturales, resguardan al dique del paso del tiempo y del viento. Su presencia no es solo física; también simbólica, porque dan a la escena una sensación de recogimiento, como si uno estuviera entrando en un lugar sagrado. 

El embalse nació al embalsar las aguas del Río Los Sauces; la obra humana hizo posible ese espejo que hoy se usa para recreación, pesca y abastecimiento. Esa condición dual —obra técnica y paisaje— se siente en cada paso: la pared del dique y, a la vez, las formas erosionadas de las quebradas que lo alimentan. 

Las vistas panorámicas son otro de los tesoros del lugar. Desde distintos puntos de la costa, el horizonte se despliega en un juego de contrastes: el verde intenso del agua, el verde y ocre de los cerros, y más arriba, el cielo riojano que suele regalar un celeste limpio durante el día y tonos anaranjados al caer la tarde.  

Esa mezcla de colores cambia con las horas, y quien se tome el tiempo de contemplarla descubre que el dique no es el mismo en la mañana que en la tarde o en el atardecer. 

Estar allí es comprender por qué la naturaleza riojana tiene una fuerza tan particular. El Dique Los Sauces no es solo un reservorio de agua, es un lugar de encuentro: entre el hombre y el paisaje, entre la calma y la inmensidad, entre el tiempo detenido y el fluir constante del río. 

Y cuando finalmente el sol empieza a descender y las sombras de los cerros se alargan sobre el lago, el viajero entiende que la magia del lugar radica justamente en esa sencillez: un dique rodeado de cerros, a pocos minutos de la ciudad, pero capaz de regalarnos la sensación de estar muy lejos, en el corazón mismo de la naturaleza. 

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